
Abandono la voz
en las cuestas de mis párpados.
Huera estoy de sonido,
y en mi boca un muerto
que escupe y sangra, se escapa
en un río que de noche
grita y reduce a ceniza
cada gota de agua.
Bajo los ojos hasta el último peldaño,
donde el virus sobrevive
rodeado de amnesia,
de podredumbre y humo
que pugna por salir a la superficie
de mi lengua, que apenas lo siente,
lo olvida en su punta y mata.
*
