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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco


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10 de enero de 2018

pertenencia

                                                                                                                
Ya casi no los veo, hay tanta poesía en los árboles, ocupando las ramas,
devorando, deshaciendo nidos.                                                                                                
                                                                                                                                   
Apenas nace un gorrión se despluma un verso.                                                                  
Y sólo nos queda su sangre.                                                                   
Las redes vacías sobre el musgo
y un espejo.                                                                                                         
                                                                                                                    
¿Es tuyo o es mío ese pájaro                                                                           
que de los dos nació y aún respira?                                                                                     









8 de junio de 2017

Se refleja

                                                                                                  
Se refleja en una pequeña gota que recorre el cristal. Sólo es una.
Se refleja y mientras cae el viento al otro lado no sabe que es invierno, no sabe que una flor se abre debajo de la tierra, abrazándose pétalo a pétalo al cuerpo sumergido junto a ella.                
Se refleja y una voz transparente, como si fuera la voz de un río atravesando el aire, viene hacia la suya, viene a mirarse en la misma caída del agua.                                                                    
Sólo es silencio, se dice, sólo es una, y la noche respira a través de los pulmones de una sombra.









12 de mayo de 2017

                                                                                                                                              
Bien podría decirse que al hablar lo intenta, que intenta hablar aunque no consiga hacerse con las palabras justas, con las que no sobren ni parezcan ventanas por las que tirarse sin causar eco.
O atragantarse.         
Podría decirse que son lejanas y no se ofrecen, no van a cuartear los labios con ese frío que invade la boca entre las piernas.                                                                                                          
Puede decirse entonces que habla o lo intenta:                                                                 
lo propone:
si no dice nada está diciendo algo:
algo posiblemente llora en su cabeza.







3 de abril de 2017

proximidades

                                                                                                                                             
La diagonal del silbido me da de lleno y cambia la luz a oscuras, cambia y la boca me recuerda que afinando las vocales puedo crear un caparazón que las aísle de su propia estridencia y del disturbio cuando amanece callado y asalta el deseo como una mano helada e insistente.
                
La estrategia es equivocarme de alumbrado e ir a parar al cuerpo que sabe hacer monólogos y bailar con una canción azul, que sabe despistar el clima hacia lo que no alcanza a ver y se concede un atisbo de umbría a pleno sol.                
                
Quizá la niebla semeje un pájaro o un sonido arriesgado se quede colgando de la pared como una fotografía o su eco; así podré tenerlo cerca y darle a beber agua y sed sin que lo sepa.








26 de marzo de 2017




Hay días que al levantarte encuentras un pequeño tesoro: no es más que un pájaro que te saluda, aunque haga frío; no es más que un canto efímero que se eleva, acaso como una nube, hacia la eterna soledad del pensamiento.








18 de diciembre de 2016

la sed

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         
                                                                                                                                                                    
                                                                                                                                                                    


A las cuatro de la madrugada la sed sale del sueño y sonámbula me da su mano para llevarme a beber agua.
Es entonces cuando me sorprendo dormida con la boca todavía reseca y los labios sedientos.
Así descubro el asombro: esa sed es otra y sé que sólo se sacia si continúo soñando y bebo del agua del sueño de tu cuerpo.







21 de junio de 2016




Voy a perder de vista el poema.
La casa donde se refugia es verde y roja, se integra en el espacio que nos rodea.
Ni una mano en la ventana ni la otra en la puerta. No se despide del amor.
Nadie entra a deshacerse como se deshace el cuerpo de nuestro poema entre los dedos.








21 de agosto de 2015

Hoja








Una hoja - la mueve el viento - la cambia de sitio - baila y canta la hoja por fuera de su cuerpo y se ríe de la lógica de la piedra porque no sabe caer cayendo como cae ella - como la silba su propio ruido - porque no la araña el cardo - porque no adopta posturas de ángeles para enseñarle su rostro a los adjetivos.

Una hoja - o simplemente qué es una hoja cuando no recuerda haber tenido voz nunca - y saca su cabeza por encima del agua y tiene escamas de sirena - la hoja cuando vuelve y se recobra y apoya sus dedos en los postigos que le impiden el paso - adónde va la hoja con sus andares inconclusos - qué parte de ella - de no tener zapatos pies o uñas - de no tener y ser ondulante el idioma que a tus ojos regresa.





1 de junio de 2015

Nuestras espaldas son la lluvia



Te refugias en el faro, después de tanto tiempo conoces las mareas.
Has hecho fotografías al agua, la tienes junto a ti y te navega desde lo hondo.
Pero tú estás ahí, y callas, y yo respondo haciendo hablar a las piedras.
El aire transforma las olas en salitre.

De cualquier manera que escuche el mar es otra cosa distinta, sus negativos no tienen memoria si no los pones a remojo y a sudar como pequeños hombrecitos, o como grandes pájaros.
Las larvas que se están llevando la arena no saben distinguir la seca de la húmeda, lo mismo les da exponerse al sueño del reflujo que estarse durante horas al sol; cuando llegue la noche ascenderán por el hueco hasta llegar al otro lado de la duna.

En el otro lado no hay nada, la intermitencia nunca regresa a tiempo, es un paréntesis lleno de salpicaduras, se esparce como si tuviera cuerpo, como si el cuerpo se tradujera y naciera de él una playa.
Hemos mirado desde lejos y cada ojo desconocido nos mira tarareando una canción de luz, su estrabismo es el hogar de todas las algas que un día nos reconocieron.
Nuestras espaldas son la lluvia que arrecia en las noches de invierno, tras los cristales el océano las golpea y las rompe.





8 de abril de 2015

transparencia



La ventana por la que miras ¿está abierta o está cerrada?
Con la transparencia que observas ves llegar un símbolo paralelo de aire, a veces cristal, a veces una sombra sobre el cristal, una sombra que se mueve como si resbalara muy despacio cualquier agua de nube, una sombra desde detrás de un árbol, casi un pájaro dormido, casi una raíz asomando levemente de la tierra.
La sombra de una sombra consonante.
La mirada se transluce, eres translúcido y ocupas la superficie de los altares donde las piedras se consagran a la muerte y al amor.
He ahí la espada que atraviesa el mirar, que cruza la sombra como al agua, he ahí la espada que se forja dentro del mármol, la espada que corta la raíz y se clava hermosa en el cuerpo del ave, la espada que divide y saja y desangra al animal, al animalpiedra sobre el ara.
He ahí la espada transparente, la palabra, toda la sangre, he ahí lo salvaje que muere y nace de la inmolación, que nace de ella misma y de nosotros donde nos suicidamos.
Mira la espada, mírala, también eres tú.




27 de marzo de 2015

acercamiento



Con el pie en el acelerador escucho música; a ciento cincuenta kilómetros por hora los espacios recorridos se hacen distancias cortas, todos los árboles son sólo un árbol, la niebla es una mano muy grande, y atrapa.
El agua que corre a mi lado no es la de otros días, es tanta y va a mi misma velocidad, su lengua no deja de querer buscarme, su preciosa lengua líquida.
Las palabras están donde estaban y quiero parar a escribirlas antes de que la autopista las devore, antes de que la canción termine y la respiración se aparte de su miedo a morir golpeado contra la bionda y así, en un instante, deje de existir el pulmón y la palabra que lo origina. El miedo roto sobre el asfalto.
Pensaba despacio, iba rozando cada arco iris que no veía, la chispa de un trueno a lo lejos, las manos que no saben decirlo y la tormenta que sonríe con un color transparente, gris o blanco, o es rojo el cielo ahora mismo y sobrevive entre los dedos.
Y la palabra se hace honda, me ensimisma y soy ella; no sé donde estoy y miro hacia un punto fijo que no existe, que no está, pero lo estoy viendo, transcurre como en un sueño, acaso el de anoche o quién sabe si es la consciencia lo que perdura en la secuela del hecho, y también en este de estar conduciendo y estar sólo atenta al murmullo que me envuelve haciéndose pleno en la sensación que me habita desde dentro, el lenguaje de la lluvia, tus labios, el fruto de acercarme al conocimiento.
La niebla entra por los sentidos y no avisa.






cantaba Bunbury, la chispa adecuada










23 de marzo de 2015

ahí



Una forma, un silencio, hablar mientras lo tengo entre los dientes, mientras lo que como no lo es y se transforma en sustancia mineral, algo parecido a la existencia de un árbol o un paisaje que se insinúa en la garganta dejando su sabor en las encías.
Y un poco de sangre.
Una fuga de ese silencio, la forma adoptando otra forma diferente, una palabra que extrae un cuerpo de sí misma y la lengua que lo atrapa y se deleita en el secreto de la unión dentro de la boca diciendo callada esto es una voz o de cerca es una mirada o es un indicio de piel extendiendo el caos desde la nuca hacia los sentidos.
Y un poco de sangre.
Dentro de ti puede suceder el viento, la lluvia, pueden suceder animales, piedras, océanos, distancias y sumideros, agua turbia y líquidos cristalinos, otros vientres dentro de tu vientre, ombligos que se rozan como letras, que se acarician como frases, adverbios de circunstancia inorgánica, un pronombre -tú-, un verbo que besa y alumbra.
Y ahí
un poco de sangre.




4 de marzo de 2015

dejar



Para mantener lo desnudo a salvo hay que proteger la carne con una lengua maestra, que si se deja ver tan sólo sea por la rendija por la que penetra la luz, adivinándolo silvestre.
Para pronunciar ciertos idiomas hay que esperar junto a los manantiales y mirar el agua cómo nace cristalina de entre los guijarros, acercarse a beber con la conmoción que te sujeta al precipicio de tu reflejo, hacer de él un enigma y decirlo con la boca ahogada.
Así la piel será visible y los animales, cuando acudan al claro, podrán acercarse a sus cuerpos para lamer los pensamientos de sus imágenes.
Sólo entonces podrá abrirse la respiración al arroyo, permitir que invada pulmones y cobijos, dejar que lo desnudo queme.




10 de febrero de 2015

abrazar



Recuerda cómo tiene que abrazarse para mantenerlo dentro de sí.
No sabe si es un sueño pero sabe también que despierta, que lo está, y sucede un acto de nacimiento creando una ensoñación de la oscuridad que alcanza a mirar con sus ojos abiertos. Entonces los cierra, escucha y ve, conoce. Siente.
Recuerda que no está soñando, la huella persiste más allá del silencio que ocupa su lógica; piensa, imagina, tal vez consigue con su extensión la largura que desea para sus manos, para su cuerpo, para su todo, y así lograr entender el prodigio que le ofrece la propia ausencia.
Sabe y no comprende, comprende y adivina que no puede saberlo, y sin embargo descubre que comienza a abrir sus labios, sabe que su boca está desnuda y a la vez desnuda otra boca, otra ausencia más cercana, si cabe, que la suya.
Retiene el aire, descifra los trazos de una voz que se hace próxima a su lengua, y se entrega a respirar el aroma de otra carne que se da a su carne, que le propone vida con su roce húmedo.
En el hueco de su duermevela recurre a acogerlo íntimamente en sí, lo envuelve, se ovilla en la profundidad de su ternura más secreta.
Sospecha que el dolor no termina ahí, lo intuye más adentro, también más oculto e intenso, hiriendo el temblor. Le duele y acaricia su herida para sentirla crecer, por tratar de llegar al origen de la presencia que se le adhiere, a la que se abraza abrazando, sintiéndose.














30 de diciembre de 2014

Qué tenía en la mano









¿Qué tenía en la mano?, recuerdo que la abrió y al principio no vi nada porque cerré los ojos.
Se abría la mano y era como entrar en casa y ponerse a decirle a los espejos he vuelto, he vuelto a la casa.

Qué tenía en la mano que era viento pero al darte en el rostro te leía y despeinaba tus cabellos como si fuese risa o un jardín te subiera por lo tobillos haciéndote cosquillas el aroma de las flores o su eco, como si una mariposa te levantara el vuelo de la falda sin hacer ruido o haciéndolo chiquito con un dócil crujido de tormenta.

Recuerdo la mano cuando callada y en un susurro de luz parecía un bosque de árboles viejos. Y la mano era las raíces de todas las heridas, era la sangre de las sabinas sin tronco que no acertaron a crecer hacia el cielo llenas de pájaros y lluvia. Recuerdo el dolor de sus huellas y la melancolía de la casa en la mano, las inmensas gotas de frío que intentaban convertirla en un helero.

¿Qué tenía en la mano?, me acuerdo de los pliegues de sus dedos formando un cuenco, un pequeño lago en el que los cisnes iban del sur al norte en una migración desconocida, regresando siempre al gesto del meñique cuando los acariciaba como si él también fuese una pluma; recuerdo los andares del agua y sus pasitos cortos alrededor de las aves, dos o tres olas que aparentaban sueños.

En la mano que se abría deliraba el poniente y formaba espirales a veces de fuego, a veces no decía nada y otras lo decía todo y se apoyaba en la boca tiernamente y entraba a la casa por la puerta pequeñita y angosta de un estoy contigo.
Quería la mano hacerse un puño pero la voz no le cabía dentro y salía formando colores habitados por hormigas que traían hojas verdiazuladas o rojas y oscuros grises desde el sendero de las uñas.
Toda la mano parecía un mapa y la mano misma era el mapa donde el agua caía y al abrirse se internaba buscando náufragos adormecidos en su sed de tierra, buscaba una costa para hacerla de cristal y asomarse más adentro, para llegar a las arterias y sentir el pulso de los insectos cuando los atraviesa una espina.

Qué tenía en la mano si era un temblor de rodillas y apenas la abría te besaba igual que besan dos labios y una lengua, qué tenía y qué era su mano si más que mano era beso en la carne y te nombraba desnuda dándote un nombre con aquel beso en el ombligo.

Y la mano imposible se abría y te hacía sentir un escalofrío porque te tocaba y al tocarte era como si siempre murieras y murieras nunca o todas las veces muerta estuvieras viva.

¿Qué tenía en la mano?
Recuerdo cuando la abre y al principio no veo nada porque cierro los ojos dentro de ella.




11 de septiembre de 2014

La más hermosa hondura








Que se nuble el sol no tiene nada que ver con la tristeza. Que cuando llueve algo cae es cierto, y no sólo es la lluvia en la playa, es aquella piedra que se moja y el pez que se refugia del agua dulce en los ojos de una mujer callada.
Que el ahogo surja necesario no es silencio ni es grito, es el deseo de cada pronombre que se ahorca con un hilo de seda, y se estrangula, se siente en la garganta la cuchilla que va acercándose al hueso y la laringe no es capaz de articular un sonido.

Sólo un número palpita más adentro, el número siempre.

Que el estrépito del derrumbe no destruye la casa y la edifica más alta todavía como si llegar al cielo y rozarlo con la chimenea fuera la meta de los pies acostumbrados a las cifras que van del uno al cero debajo de sus uñas pintadas de colores por la mano de un niño inesperadamente adulto.
Que el daño semeja un poema de cuerpo entero.
Que el verso viene a atacarte como un soldado armado hasta los dientes para que al morir la sangre impida que lo leas y así olvides y creas que más lejos un muerto murió contigo una madrugada cuando el mundo era otro y el verano sólo dolía en los desiertos.
Que la montaña se convierta en lodo no importa ni que te hundas con los piernas frías porque al final el barro es agua y tierra y hay golondrinas que hacen su nido con el estómago lleno de insectos mientras cantan y vuelan y los murciélagos no lo saben porque llegó la oscuridad y cada pájaro en su rama duerme rodeado de árboles y de signos.

Que en los jardines sombríos crezca el musgo y quieras acercarte a beberlo no es otra cosa que tener sed de invierno y de sus crisálidas, no es más que mirarlo en su ausencia y tocarla, porque aún es posible que la noche tintinee y se escuche como cae su lengua sobre las cicatrices recién besadas.

Fue antes de ayer, a eso de la medianoche intacta.

La más hermosa hondura que alcanza la marea.





4 de junio de 2014

Jardín de cipreses



No sé quién soy y me remito a la pregunta que ciertamente me hago sin respuesta.
Pero puedo hacer otras, preguntar, por ejemplo, por qué se quedó vacío el aire después de respirarlo, o por qué nadie consigue ser un pez por mucho que se empeñe en tener branquias.

Estoy leyendo mis preguntas, también leo a Alejandra y me dice Yo lloro debajo de mi nombre y quiero hablar con ella, llorarla y llorarme, deshacernos las dos en un verso intacto, pero no está o no estoy y nos han traído al jardín donde se alzan desesperados los cipreses.

Y la noche se encasquilla en la lengua, o se me desangra a punto de hervir el líquido que se pasea entre la piel y el nombre que le doy a cada ángel en esta hora de monólogo intrauterino. Se diría que hay vientres y gestos que la niebla recuerda, ombligos de memoria que el silencio no logra olvidar.
Se diría que todo es negro y tiembla.

Ahora que nadie me mira practico vuelo sin motor, parece que todos me saben sentada tranquilamente frente a un fuego dormido. Dormiría más si el tiempo me dejara y los poemas no fuesen relámpagos en mi cabeza. Tanto verso a medias, basura acumulada en la tinta, tanto polvo para al final no decir nada o decir dos tonterías.
Mujer, niégate, no escribas, me digo, y sé que me lo digo con conocimiento de causa, que no es por casualidad que maldiga/ame incluso a dios por dejarme escribir poemas, o esa cosa que se lee con la lengua en voz baja o casi sin entenderlo y que acaba dejándote la boca hecha unos zorros.
Lo que debes haces es seguir con las preguntas y no desviar la atención hacia los rabillos, les da por pensar en los golpes que da la ventana sin nombrarte y cada dos golpes miras por si se ha roto el cristal y ha vuelto a entrar el invierno con su corriente intraducible de agua tibia.
Lo que debes hacer es adelantar la caída de la hoja; deshacerte de algunos pétalos no tiene por qué ser sinónimo de ponerse a llorar. Si te invade la nostalgia puedes acordarte de los árboles perennes o de aquella vez que el mar invadió tu cuerpo, pero eso es mejor dejarlo para la nocturnidad y la alevosía, para matar no, para matarlo necesitas lo que tienes, y lo tienes y no lo tienes, como si durmiera al fondo de un pasillo de ti.
Tan lejos.

Otras preguntas me sigo haciendo, y me persigo sin encontrarme.
También lloro en el agua, debajo de mi nombre.

Mujer, no escribas, deja el verso para los poetas, ellos entienden de poesía y no eluden la palabra, no hagas de tu sangre cebollas ni Cisne en sueños sobre Leda*.
Mujer, no escondas en tu vientre poesía, deja que te acorralen la ausencia y el vacío.




Texto en cursiva: verso de Alejandra Pizarnik, La jaula (Las aventuras perdidas, 1958)
* Paul Eluard





5 de abril de 2014

Línea del horizonte







Salgo y me tropiezo; no quiero ver las piedras, es mejor que me apoye en el quitamiedos y espere que pase dios para pedirle un poco de tierra en la que plantar el vestigio de mis manos, junto a las ortigas y las zarzas, donde el sol se compadece de aquellos girasoles que un día le miraron a la cara sin saber que morirían en un segundo, abarrotados de polvo.

Estoy en la acera, en la otra, creyendo que es el mar y no el asfalto lo que se derrite bajo mis pies. No hay sillas donde sentarse a ver los espejos. Regresa a los ojos la rotura del día extinguido en la oscuridad.

Me repliego en la última línea del horizonte, todavía alcanzo a ver tus uñas arañando mi espalda y tengo motivos para pensar en blanco.
Porque pensar en negro es diferente y la carne y sus conjeturas señalan hacia arriba, donde no habita nadie y mi destino es tu mirada .






4 de febrero de 2014

Va quedándose conmigo



Me tomaría el desayuno si de verdad supiera que el poema no se va a alimentar con él, si supiera que entre sorbo y sorbo y mordisco a la galleta, el verso se fuera a quedar en el horizonte de la taza, allá tan lejos que por más que estire la lengua no lo pueda alcanzar.
Es difícil darse cuenta cuando la cuchara revuelve el azúcar y la letra bucea como una flor de nata indisoluble, es difícil encontrarle una solución al movimiento de giro que imprime la mano, solitaria y sola, persiguiendo un renglón de saliva en el terciopelo de la leche.

Este poema desea saber a mandarina porque miro una mandarina y me apetece más comerla y que así el poema, en vez de líquido, me salga con carne y alma de fruta, y lo quiero cuadrado porque me gustan los poemas cuadrados y sin puertas, o que las tengan y cerrarlas contigo dentro.
Porque te encierro para que el océano crezca en ti como si fuera un bosque de olas.

Pero hay un lobo y me abre las piernas, me las abre tan de par en par que ya no soy mujer y soy una bóveda con un aullido dentro, soy el animal que vive en mí y me abraso en la boca.
Estoy llorando y no lo sé.

Esta agua no tiene edad ni pronombres, sólo los adverbios conocen su sabor y pueden darle un sitio donde correr. Allí. Acá. Tal vez más lejos, o más cerca. Donde la sombra no tiemble.
O donde el mar.


Va quedándose conmigo, y lo veo pero no estoy con él, y la tierra se me muere en el regazo, sin resistencia, sin echar raíces ni preguntar por qué su ausencia delimita con la rosa de los vientos y con la calma.

Qué náufrago puedo enterrar contigo, qué osamenta encontrarán al exhumarte de mí.



25 de junio de 2013

No estar



Y no estar, acompañar la palabra con una gota de café y azúcar para enlentecer el paso al espejismo en la tarde detrás de mí.

Sorber el remedio con los pájaros, ¿quién va a saberlo?, porque sus alas me pertenecen.
Soy su pecho de alabastro, el pulso líquido del fuego que ardió al volver de las lluvias tu boca, tu boca deshecha y de mar, de luz, de oscuridades y profundidad de dibujo de río, un raso de cielo oculto en la mano que no sabe escribir.

No estar, e intuirlo en la manera de emprender el vuelo hacia el ángulo, en la bocanada de aire todavía en el pulmón.