
Salgo y me tropiezo; no quiero ver las piedras, es mejor que me apoye en el quitamiedos y espere que pase dios para pedirle un poco de tierra en la que plantar el vestigio de mis manos, junto a las ortigas y las zarzas, donde el sol se compadece de aquellos girasoles que un día le miraron a la cara sin saber que morirían en un segundo, abarrotados de polvo.
Estoy en la acera, en la otra, creyendo que es el mar y no el asfalto lo que se derrite bajo mis pies. No hay sillas donde sentarse a ver los espejos. Regresa a los ojos la rotura del día extinguido en la oscuridad.
Me repliego en la última línea del horizonte, todavía alcanzo a ver tus uñas arañando mi espalda y tengo motivos para pensar en blanco.
Porque pensar en negro es diferente y la carne y sus conjeturas señalan hacia arriba, donde no habita nadie y mi destino es tu mirada .
