Recuerda cómo tiene que abrazarse para mantenerlo dentro de sí.
No sabe si es un sueño pero sabe también que despierta, que lo está, y sucede un acto de nacimiento creando una ensoñación de la oscuridad que alcanza a mirar con sus ojos abiertos. Entonces los cierra, escucha y ve, conoce. Siente.
Recuerda que no está soñando, la huella persiste más allá del silencio que ocupa su lógica; piensa, imagina, tal vez consigue con su extensión la largura que desea para sus manos, para su cuerpo, para su todo, y así lograr entender el prodigio que le ofrece la propia ausencia.
Sabe y no comprende, comprende y adivina que no puede saberlo, y sin embargo descubre que comienza a abrir sus labios, sabe que su boca está desnuda y a la vez desnuda otra boca, otra ausencia más cercana, si cabe, que la suya.
Retiene el aire, descifra los trazos de una voz que se hace próxima a su lengua, y se entrega a respirar el aroma de otra carne que se da a su carne, que le propone vida con su roce húmedo.
En el hueco de su duermevela recurre a acogerlo íntimamente en sí, lo envuelve, se ovilla en la profundidad de su ternura más secreta.
Sospecha que el dolor no termina ahí, lo intuye más adentro, también más oculto e intenso, hiriendo el temblor. Le duele y acaricia su herida para sentirla crecer, por tratar de llegar al origen de la presencia que se le adhiere, a la que se abraza abrazando, sintiéndose.
