Le miré y me gustó, pensando en el día siguiente.
La tersura de su piel iba cambiando de color en mis manos; le tocaba aquí y allá, con un dedo, suavemente, intentando no hacerle daño.
Bajo el agua la sensación era extraña, muy hermosa; se volvía transparente, como ella, y parecía que dejaba de existir.
Quise cerrarle los ojos, que dejara de mirarme, pero no tenía párpados donde ocultar sus iris, y en ese momento supe que iba a dolerme.
Lo pensé varias veces antes de decidirme a separarle la cabeza del resto, prefería mantenerle vivo y acariciarle, pero el tornasol de su cuerpo estaba cada vez más inmóvil, cada vez más muerto.
Lo hice, y al instante todo fue negro; negro en mis huellas, bajo las uñas, negros mis ojos, la sonrisa también negra, deslizándose hasta el desagüe por el que se le iba la vida sin remedio.
Uno de sus brazos me pidió auxilio, silencioso, unido a mí, carne sin latido.
Ahora su piel era la mía; injerto de piel salada, marina, y me quemaba aquella frialdad desprovista de sueños.
Después llegó el blanco.
El dolor no se me ha ido.
*
