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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco


7 de agosto de 2011

Hombre de humo






Frente al viento un hombre
se escapa en un rumor de sal
nocturno e inquieto,
le susurra a una marea tardía
su amor de agua y Luna.

Sobre su espalda lo infinito,
luz de púlsares y átomos
de voz oscura, embelesos
cautivando el sonrojo
de los cielos y sus lluvias.

Reclinado en su desventura,
se mira hacia adentro
-como miran las raíces la tierra,
o los huesos en el cementerio-,
y encuentra el edén
de una caricia alojado en su pecho,
dormido en su cintura.

Un hombre se acerca al fuego,
bebe de sus llamas,
de la tormenta escurrida entre sus labios
a golpe de sentimiento,
de dedo a pluma,
de tinta enamorada del insomnio
de la noche aterida en el espejo.

Se da la vuelta y anda,
le siguen las estrellas,
le cantan la brisa y las brumas
una melodía de sábanas de seda,
intemperies de terciopelo y rosas
le nacen en sus costillas,
donde el corazón reside
emparedado en su castillo
de ceniza y penas amargas
de futuro pordiosero.

Un hombre de humo cierra los ojos,
le reza al dios del vino
una oración dolorosa, un padrenuestro
inoculado entre el paladar y su ombligo
repleto de mariposas y presagios
de horas en silencio y meteoros
adheridos al fondo de sus pupilas.

Sentado en mitad de una guerra,
un hombre lucha con soliloquios
íntimos y sombras de locos
asomados a sus cuitas más profundas
e internas, se clava un puñal
en las arterias y sangra
un universo por sus costuras abiertas.

Abrazado al dolor de su almohada
un hombre imagina besos y marismas,
de sus sueños se adueña el umbral
de un ocaso líquido y ambarino,
de su boca la eterna aurora
y el calvario de un deseo.