En su fugacidad nocturna el beso
huye hacia aquellos labios que le esperan
en las ramas de un céfiro travieso,
entre las hojas, donde antes ardieran
las lenguas en la fiebre del regreso
al origen del río en que escondieran
una parte de sí, locura y hueso.
Se conocen, añoran cuando eran
dos amantes de fuego en una luz
adherida al silencio bajo el agua
de un espejo de nieve, otro mundo
sin invierno ni sombras al trasluz,
de rostros y miradas en la fragua
que cobijó su amor en lo profundo.
Soneto
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Trato de no ver
los desiertos de tu boca.
Cuando vuelva
habré desaparecido.
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Trato de no ver
los desiertos de tu boca.
Cuando vuelva
habré desaparecido.
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