
Con los huesos sesgados
roza un geiser nocturno
se cimbrea hasta el suelo
parece que haya algo
entre la yerba gris.
Se expande en la certeza
de hallar un arco iris
oculto en lo imposible de un código de agua
una caja de música
donde guardó el silencio, desde el amanecer.
Una melancolía de nombre conocido
la convierte en metal de plata en la oscura noche
escena de dos ciegos
haciéndose el amor
en el poniente escaso de sus cuerpos sin piel.
Una mujer araña el cielo con las costillas
sus manos lloran, riegan el destino
de una efímera flor.
Fue una fotografía de Anna Bodnar la que inspiró los primeros versos de este poema; la imagen que acompaña es una parte de ella.
