
Yo me traje el acantilado
desde la orilla en blanco de mi nombre
para mirarte en la quietud
de las gaviotas alejándose
con mis ojos hacia los tuyos.
Empujé la marea con mis párpados
y el agua dentro de ellos era luz
o palabra, era el miedo incluso
a no encontrar entre las olas
la frontera imposible de tus labios
y el calor de tu pecho
recién dormido.
Yo me traje la entraña de la luna
desde la sal de las corrientes,
el sabor de la vida de las piedras
y un recuerdo de caracolas
me traspasa el ombligo
como si fuera un viento de tijeras
exiliándose en el dolor
de mi vientre incompleto sin tu herida.
Cruzo la medianoche del poema,
un ensueño de tierra solitaria
asoma desde el precipicio.
El arrecife de mi boca
te pronuncia dentro de su isla.
