
Hay un hombre sentado en una silla.
No tiene piernas
y las perneras de su pantalón
están dobladas como su sonrisa.
En la esquina del hospital
- en un entrante bajo las casullas-
cierra los ojos, fuma de través
y una enfermera lo saluda
acompañada de la sor
de entrecejo fruncido.
Hay un hombre sin piernas
y quiere acercarse conmigo
hasta el bosque de antaño
a detener el tiempo con el humo.
Allí nos dará el sol.
Sus pies echan a andar las ruedas,
camina lentamente hacia la sombra
y su boca se pone a llorar
rescatando del cielo toda el agua.
Hay un hombre casi vacío
y se va llenando de nubes
tan torrenciales como ríos secos,
se va llenando de hojas
y sus muñones de tristeza.
Es todavía pronto pero dice
que no puede trepar al árbol,
que suba yo por él
y le traiga aquellos rayos de luz
porque luego estarán marchitos.
Un hombre fuma, se aparta una mosca
y al otro extremo del jardín a oscuras
un miruello nos canta y nos observa
con sus ojillos en el ámbar.
Una rosa, tal día como hoy,
parece pobre y sin aroma.
Nadie salvará al hombre
de su cruel biografía.
Un hombre está sentado y a la vez
cruza la calle y se aleja distinto.
