Entre el alba y su silencio
es amante y néctar la palabra
que llega a sembrar en mí la dolencia
de la Luna en su destino
de alumbrar sólo de noche
el embeleso de tus labios dormidos.
Recreo en mis ojos el sabor del tiempo,
el color de los besos acostados
entre mi vientre y tu cielo,
las horas que le quedan a la aurora
para colmarse de delirio.
Me duele este sol trasladado,
su costumbre de apagarme
y dejar de mi piel harapos
y ecos asolados que la niebla bebe
a sorbos, sin remordimiento, del llanto
del musgo vespertino.
Oculto en tu pecho una lágrima
que tiene frío.
