A la lágrima que estalla,
la que fragmenta mi cielo.
A ella,
desesperada, rota, maldita,
ebria de tanto insomnio,
borracha de tus besos.
A la lágrima que me ciega
y arde en los ojos,
la que penetra hasta mis huesos
y no logra cobijarse en tu humo.
A ella, que me calza y me desnuda,
lágrima que me bebo,
la que grita y calla
un nosotros,
lágrima que me convierte en salina.
Es la gota que sueña contigo,
desolada en mi vientre,
amparada entre tus dedos,
en la cintura que doblo hasta los tobillos.
Mar que parece una casa huera,
sin cimientos ni tejado,
con paredes esparcidas por el suelo,
lleno de ceniza y olas de barro.
A la lágrima que no mancha,
espina que se clavó dentro
y deshace mis entrañas,
me vuelve polvo negro.
A ella, diurna,
nocturna en los pasillos de la Luna,
en el entrecejo de los océanos
que navego a la deriva y con rumbo
siempre desconocido.
Lágrima de plata fría
derramada en el aliento,
cálida e incorrupta paloma
condenada en su torpeza
a permanecer en su rama,
dolida, huérfana, quieta.
Gota que mata y muere,
lágrima de nácar a la sombra
de un sol perdido y oscuro,
sol brillante de medianoche
trastornada, loca hora de ámbar
con tus labios en el crepúsculo.
Lágrima de rosa grana,
pétalos roncos de tanto lamento
entre las piernas y en el ombligo
la distancia eterna
entre tu temblor y el mío.
Aquí en mi seno, ella,
en el aire que respiro,
en la boca
lágrima de agua y fuego
que me devora y me castiga,
hirviendo en mis sentidos.
Lágrima que huele a viento,
a cementerio, a flores descarnadas,
y hambre entre los delirios
de la sed encallada en los tragos
de la memoria del futuro.
Lágrima en el tiempo,
río de lluvia salada e íntima
unida a los verbos del espejo
blanco del amanecer en los puños
alzados contra el ocaso baldío.
Rumor de torrente en la espalda,
es el caudal subterráneo que alimenta
al músculo sanguino apretado
entre las costillas y el sentimiento
de agonía en las sienes
hecho suplicio conjugado
entre arreboles y avernos.
Lágrima que empaña este mundo,
y sueña con estar en otro,
precipitarse por tu cuerpo,
adueñarse de tu alma
y habitar en la piel de tu deseo.
Ella es la que me duele
y me enamora en su vértigo
cuando corre por mi rostro;
preciosa lágrima que te quiere,
la que te hace mío,
y te ama en su silencio.
