Permanece entre los árboles del tiempo cabeza abajo,
en el suelo desecha manzanas de color maduro,
escoge una rota,
donde habita el gusano.
La hierba redunda caricias en los patios interiores
de las casas de agua.
Mírame los ojos, cuando engañan, dicen ellos,
con tus manos criminales ajustándose el silencio
a la carne bifurcada en los paseos corpóreos.
Canta una abeja y el aire sopla peces de lluvia.
Se sujeta los cabellos con heridas de rachas
de poniente austral y en ese instante
se escucha un zureo en la noche de afuera.
Las espadañas se cimbrean en alta mar,
entre las voces de los suicidas
y sus vírgenes dedos.
