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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco


23 de octubre de 2011

El mar siempre es el mismo


En el camino hacia atrás
de la verde esperanza de las huellas,
desde lejos tus labios son los pétalos
de la lluvia en mi orfandad salobre.

Una araña teje baldíos como puños
izados contra el negro fondo
de la cara de la estrella oscura
y su infame brillar en la víspera
de todos los días firmados
con el rojo y su sangre.

La puerta tiene tus ojos, tus manos
cuando la sujetas al umbral del agua
de mis costillas soterradas en la desnudez
de la estrofa y en su voz en la pausa.

Bebo de copas azules
la ambrosía de la palabra eterna
y maldita entre los dientes,
rumio como una jirafa en el edén las sombras
y el daño colateral en el abdomen
de la luz de tus iris.

Este infierno es benévolo,
dulce, sublime, también sombrío,
amante de las cuestas de los declives
del mal de los ángeles sentenciados
a quemar en su destino versátil
la caricia de mis dedos
en el inicio del aire prófugo.

Un puñal de viento,
una grieta blanca me devuelve azúcar,
el mar no tiene tiempo de encontrarse con las olas,
el mar,
el mar siempre es el mismo.

En la espera de la muerte estamos ciegos,
el alma deambula entre los llantos de los lobos
y su lenguaje de Luna llena.


Pestañeo un silencio con la lengua,
mi boca en tu boca de humo
me convierte en infrasonido.