Que los cielos se apiaden de mis ojos,
que no te ven, de estas manos frías
y ruidosas, del blanco ciego, roto,
del labio medio muerto en la elegía
engendrada en el pecho, bajo el mar
cuando lame la playa de tu boca
y me llena de arena el verbo amar.
Cada poro de piel es una roca
en mitad del océano, son islas
la carne y el vestigio de las olas,
la sonrisa olvidada en la marea
cuando me habla de ti la travesía
intangible de un beso en la derrota
del viento del oeste y su cruel pena.
Soneto irregular
