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¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende,
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Netzahualcóyotl de Texcoco


21 de octubre de 2011

Red


Es como darse la vuelta, y girar.
A veces no estar, convertirme en aire, y mirarte, como la mañana, con sus ojos de atardecer, para atesorarte en un renglón de la garganta.

Todos los ruidos me saben a ti.

No quería pensar, ni de otro modo hacerme invisible, pero la saliva me hace resbalar hasta el abrupto horizonte de tus ojos escondidos.

He aprendido de las sombras a descartar todo atisbo de luz que me haga daño, y es la misma sombra la que me duele; todas las palabras, la ceniza de las noches que no acaban, y acaban por regresar, como el cielo raso a la carne, y el licor de los intentos de los vasos ebrios.

Escribo y acentúo los verbos fantasmas descendidos por el cuello, la faringe, los pulmones, y luego, en el vientre, la sensación de sed resistida.
Si la piel tiene frío los cuchillos la calientan, y te escucho llegar, por dentro, y siempre has estado allí, ciego, y yo viéndote.

Me gusta cuando me tarareas en silencio.
Soy el pez caído en la red de tus labios.

La escalera lleva al cielo del agua, mis pies mojados trazan órbitas en las horas de tus sueños intangibles.

Una lágrima no es un océano, son muchos mares.

Las manos, tus manos prisioneras, las mías en su cárcel; las cuatro en el paraíso donde se extinguen bajo el fuego.

Me es imposible agarrarme cuando doy vueltas, tengo las ganas en tu aliento, y en la boca tu nombre.