Entro a la arena de los números, todo está como antes
y la canción me acompaña página tras página
desde el principio.
Persiste algo, me sujeto a ella,
y el silencio de la boca se desliza hasta el vientre
con el rayo en un nervio.
De la lengua y en la metáfora de un acento,
un posesivo para seguir la caída
hasta el raso de la noche originada en los ojos
después de perder el sentido en todas las direcciones.