
Hay otras nubes más allá de mi cielo,
pensarlas parece poco cuando llueve.
Las manos en los bolsillos tratan de no rozarse las heridas,
se llaman silencio.
En los espacios blancos no se respira
y el resplandor que todo lo incendia
arremete contra los dedos como un látigo
en la espalda la lengua cuando tiene miedo.
Partir a experimentar la tormenta,
regresar al vientre que asfixias con agua,
una luz si duele no vuelve a ser oscura.
Una cuerda me ata los labios a tu boca,
siempre imagino que no me quema la mía,
la piel de tu sonrisa, ni el beso.
