Tu nombre me desvela en las noches otoñales
cuando en el corazón se siente el último pulso
y en la boca palpita el insomnio siempre oscuro
que devuelve la vida a los ojos y a la sangre.
En la frontera onírica de los sueños acres
disipo las negruras con tus labios de arrullos
posados sobre el vientre y en el cálido busto
se arrebatan los besos de lujuria en la carne.
Mis manos y tus manos se desnudan serenas
en la luz laberíntica del instante azul
para colmar la piel de agua y morirnos así
muy lejos de nosotros, más allá de la niebla
de la nada imprecisa en su infinito ataúd
donde el amor y su humo no tienen cicatriz.
Soneto
