No vulnero el capricho de tus ojos,
la sequedad extrema de las luces
ni la lágrima yacida en las cruces
que encierras en tus labios con rastrojos.
En sus últimas horas los despojos
se separan del sueño y dan de bruces
contra la fría tierra en contraluces
olvidada en la sombra de los rojos.
Brevemente contengo entre mis manos
la caricia anhelante de un murmullo
nacido del temblor de las hogueras,
de la boca intangible en los tempranos
momentos de los días del arrullo,
cuando no perfilábamos fronteras.
soneto
