Entregar la mano
no al recorrido
de la vestidura,
entregarla
si flota
o recoge la medida
del poniente,
a la belleza
del muerto
y a su piel de cadáver.
Darla sin vestirse
ni ascender la boca
a los temblores,
hacerla hogar en lo único
de la habitación de los ríos.
Entregarla suavemente
a la inercia de lo dúctil.