
Ajenos a la consonancia de un verbo sin infinitivo
vemos llegar el sol hasta el arrecife de nuestros huecos.
Tú te apoyas en la primera piedra azul
que te tiro y tu boca parece decirme
en la saliva de la ola que se nos rompe
delante de los ojos de los peces infelices
que la marea pone a nuestros pies.
Podemos observar la noche desde otro ángulo
y el dolor nos sube por las pantorrillas
haciéndonos equivocar el norte de las sombras
desde el que nos miramos los adjetivos
como si fuéramos estatuas de cristal
dentro de un museo de nubes de cera.
Nunca antes vimos tantos mares
desembocar tan alto y tan adentro
ni a la soledad tan a solas.
No ignoramos lo inconcluso.
Una urgencia en la mirada me lleva a pensarte.
