
Lejos no ves a nadie
y fluyes como el río.
Alrededor de la montaña
eres ella y la subes
desde su corazón de piedra
hasta alcanzar la cima.
Hacia el viento que canta
para despeinar a los árboles,
hacia los rostros dibujados
al fondo de la casa cueva
donde el agua se agita
dentro del tiempo antiguo
y atraviesa tu boca
llorando como un niño.
