
Campos de cielos infinitos
que me sabéis de frente
buscando en vuestro mar
mi mar lejano más allá
de todas las raíces.
Campos como puños llenos de puños
retorcidos y agrestes:
bajo la caricia del trillo
y el ruido de la piedra
la mies se transformó en pan para el hombre
que admiraba la espiga.
Hay un sudor incalculable
y retumba como una fuente
en el interior de la tierra:
qué lágrimas oculta la salina
cuando el sol es una ola
y se acuesta sobre la savia
de los hierbajos
y sobre el tomillo.
Campos de cielos rotos
a fuerza de surco y sequía.
La inmensidad de la llanura
y de pronto Guadalajara
cae a su propio pozo
como una palabra abatida.
Llega la noche a tus latidos:
el paisaje abraza los sueños
de una mujer en el poema
y todo empieza con un pájaro,
con los campos de cielos infinitos.
(imagen cortesía de Julie Sopetrán)
