Tener conciencia, o no tenerla,
de la semilla recién enterrada
al calor de la tierra silenciosa.
Creer en el latido del otoño
cuando se rompa y la raíz
se sumerja en el sueño de la nieve.
Esperar a la flor en su deseo.
Así quizá el invierno no me duela
tanto
y en la cosecha de tus ojos los pétalos sean caricias
muy lejos de la sangre de los peces.
Tener o no tener conciencia
de cada sol que alumbra
a la simiente en su destino,
augurarle no hojas sino viento
para que no puedan sus puños
alzarse contra mí si llueve
y la caligrafía de la noche
no se arrepienta
de sentirme mujer
o todavía símbolo.
