Todo hacía presagiar que tras las intensas lluvias acaecidas durante el último mes la atmósfera se estabilizaría y llegaría al fin el anticiclón.
El hombre del tiempo no hacía más que pronosticar un alza en las temperaturas, prediciendo ligeras heladas nocturnas que darían paso a una jornada bonancible para la comarca.
En fin, días luminosos, aunque fríos.
Sin embargo y contradiciendo sus augurios climáticos, aparecía a cualquier hora una nube en la distancia, y echando por tierra tal profecía se dedicaba a oscurecer el cielo ocultando los rayos del sol.
La tónica general para un día corriente pasaba de un amanecer medio deslustrado a un crepúsculo anodino y extraño en el que tan sólo se dejaban ver aquellos tristes nubarrones de colores desvaídos que ensordeciendo cualquier atisbo de ensoñación se dedicaban a empañar los ojos.
Sucedía sobre todo pasada la medianoche, cuando no podía dejar de sentirlos; sabía que estaban a su alrededor, o en su garganta, formando aquella terrible borrasca que dañaba su interior.
Las nubes pasaban tan cerca que no podían dejar de precipitar.
First breath after coma, Explosions in the sky
