Tierra de Guadalajara, desierto
de oro en caudal brillante,
fuego me das a manos llenas
en vez de nieve blanca.
Que ardor muerde los labios
al mirarte desde los ojos
con los que tú me miras
añorando los pastos verdes
entre los balidos de las ovejas.
Campos de cielos infinitos
y corzos entre nubes de heno,
el trigo mutilado
todavía grita fantasmas
en la desolación de su ceniza.
Ya suben las chicharras
a los árboles a cantarle a oscuras
al sol que se aleja resuelto
y anaranjado hasta su atardecer
más allá de los cardos,
tras las colinas y los cerros.
Tierra de Guadalajara, Castilla
dura, extrema y antigua,
más viva que difunta te descubres
como un río en los corazones
que te siembran amor
para que fructifique tu alma
junto al asombro de los girasoles.
(imagen cortesía de Julie Sopetrán)
